Red de escritores en español

domingo, 17 de enero de 2010

Black.

Black.

Black se la pasaba jugando en el taller de Ernesto. Mordía las herramientas, se subía a los autos que le dejaban los clientes. Tampoco faltaban las veces que iba a correr al baldío que había enfrente para después volver con alguna rama en la boca. Y luego de cada lluvia salía a la vereda a espantar a las palomas que se bañaban en los charcos de la vereda empapándose todo.
Ernesto hacía varios años que lo tenía. Se lo había regalado un amigo. Cuando su perra tuvo cinco cachorros y no pudo hacerse cargo de todos. Desde entonces él lo crió. Siempre lo bañaba, cada tanto lo llevaba al veterinario. Ademas de hacerle mimos y darle comidas con buena cantidad de alimento.
Un día Ernesto murió. De repente Black se vió solo y sin nadie que lo cuide. Lloraba, le lamía la cara. Iba inquieto de un lado a otro como esperando que se despierte, cosa que jamás ocurrió.
Cierta mañana decidió irse. Recorrió calles, caminos de arena y alguna que otra avenida. Por las noches ya no dormía calentito en su cucha, sino que lo hacía en la vereda. Soportando el frío de las baldosas junto al viento que le helaba el cuerpo. Para calmar la sed tomaba agua de la zanja. Y solo comía cuando encontraba algo en la basura o algún resto de pescado en la playa. Lo que hizo que adelgazara varios kilos.
Otra vez tampoco la pasó muy bien. Unos perros devoraban el cuerpo de una gaviota que había caído muerta en un descampado. Apenas fué a dar un mordisco varios de ellos lo atacaron provocándole heridas en el lomo.
Mas tarde encontró una obra. Si bien no era el lugar ideal estaba mejor que antes. Sus ocupantes muchas veces le ponían un enorme tacho con agua para que tome y cuando hacían asados le daban las sobras. Allí tuvo que acostumbrarse a la presencia de un gato. Primero se llevaban mal. Se peleaban por la comida, por quien iba primero a tomar agua. Black lo mordió varias veces. Al tiempo que este le dió unos cuantos rasguños. Pero luego se fueron acostumbrando a convivir. Jugaban, se repartían la comida. Y dormían uno pegado al otro para cuidarse y darse calor.
Cierto día, debido a que el dueño de esa futura casa se quedó sin plata, esa obra quedó suspendida y sus ocupantes no vinieron mas. Así que Black tuvo que salir de nuevo a la calle a pelear por su supervivencia. Al principio lo hizo junto a su nuevo amigo. Este se trepaba a los árboles para cazar pajaritos y él los despedazaba separando la carne buena de la que no sirve. Después este último se fué tras una gata y Black no lo volvió a ver.
Hasta que finalmente llegó el verano. Al igual que como ocurría año tras año ese pueblo volvía a llenarse de gente. Familias enteras que aprovechaban para estar juntas, fuera del ritmo que imponen la escuela o el trabajo. Abuelos que buscaban tranquilidad o grupos de muchachos que veraneaban siempre allí y se conocían desde hace tiempo. En esa época era cuando Black mejor estaba. La gente al verlo lo acariciaba, le dejaba agua y comida en la puerta de su casa. En la playa los niños le jugaban tirándole pelotitas o discos de plástico.
Una tarde una señora paseaba a su perra. Era de raza siberiana. Pelo blanco y ojos grises. Todo lo contrario de Black, que era bien negro. Se le acercó y estuvieron olfateándose un largo tiempo. Luego la señora se la llevó haciendo que Black volviera a quedarse solo. Sin embargo y sin que su dueña sepa la siguió. Vivía en un chalet de un piso. Con ladrillos en las paredes, tejas rojas y puertas y ventanas de madera barnizada. Allí se pasaba los días. Yendo y viniendo desde el interior de la casa al jardin que había en la entrada. El cual tenía un pino y varios malvones color fucsia.
Al llegar la noche y una vez que se apagaron las luces de la casa apareció Black. Entre las maderas de la verja alcanzó a ver que la perra dormía en el jardin. La saltó. Ella se despertó de un susto. Pero al ver que era él se tiro boca arriba en el pasto dejando que la olfateara. Después ella se levantó y empezó a hacerle lo mismo. Estuvieron un largo tiempo así. Hasta que apareció el dueño. Quien al verlo a Black lo corrió con un palo hasta echarlo. Y a su perra la metió adentro cerrando la puerta de calle.
Otro día los jefes de aquella familia dormían la siesta. Sus dos hijos estaban en la vereda. Jugando con una pelota junto a varios amigos. Loba, su perra, los acompañaba. De pronto llegó Black. Ella se levantó y corrió hacia él. Después ambos se revolcaron. El intentó subirsele encima pero los dueños de Loba se lo impidieron. Lo que hizo que Black se marchara a paso lento. Con la cabeza gacha y la cola entre sus patas de atrás.
Una tarde la señora tomaba sol en la arena. Tenía los ojos cerrados. El resto de la familia había ido al agua. Apenas vió a Black Loba fué en silencio hacia donde estaba él. Se saludaron olfateándose y lamiéndose hasta que empezaron a caminar.
Luego de recorrer varios kilómetros llegaron a un lugar solitario, bastante alejado del pueblo. Allí se bañaron. Y mientras se secaban jugaban a correr a las gaviotas que bajaban a la orilla.
La luna empezaba a asomarse tímidamente. El sol de a poco se fué ocultando entre los tamariscos que crecían en los médanos. Black se metió de nuevo en el mar. Solo que esta vez regresó con un pez en la boca. Al rato trajo otro. Le dió uno a Loba y ambos se pusieron a cenar.
Horas mas tarde la noche los encontró jugando en la arena. Una vez que se cansaron Loba dejó caer su cabeza sobre el lomo de Black y los dos se durmieron.
Días después caminaron de nuevo a la casa de Loba pero sus ocupantes ya no estaban.
De a poco las semanas fueron pasando. Ya terminaba el verano. Se notaba en los días, que eran menos largos y calurosos. Y sobre todo en las casas, que volvían a estar cerradas y con el pasto cada vez mas alto. Ellos seguían siempre juntos. Jugaban, se revolcaban en los médanos, en algún baldío o en el medio de la calle. Total no había nadie. Solo en raras ocasiones pasaban autos, bicicletas o personas caminando. Razón por la cual tambien hacían el amor libremente, sin que nada los interrumpa.
A medida que los meses pasaban Loba notaba que le costaba correr o hacer fuerza al tiempo que no paraba de engordar. Varios perros callejeros habían intentado acercarse a ella pero Black se encargó de espantarlos.
Hasta que un buen día de su vientre salieron cuatro cachorros similares a Black.

2 comentarios:

Carmen Rivero dijo...

Gus, ¿que puedo decir? sabes que me encantan estos cuentos tuyos...soberbío.
Besotes

Gustavo dijo...

Hola Carmen como andas. Si... este cuento a mi tambien me gusto. Mucho mejor que el poema que escribi antes jaja. Te mando un abrazo y espero que andes bien. Chau