Alarmas
A eso de las 19 empezó a sonar la alarma de un auto situado en el cordón
de una vereda. Ésta no se apagaba. Por ahí pasaban minutos en que dejaba de
sonar y después otra vez el ruido.
Esta situación empezaba a alterar a los vecinos de aquella cuadra. Tampoco veían a nadie subirse al vehículo para desconectarla.
Muchas personas iban llegando a esa vereda estacionando sus coches tanto detrás como adelante de ese vehículo.
Mas tarde un ensordecedor ruido de alarmas estremeció aún mas a los
habitantes de aquel sitio. Se asomaban a los balcones, salían a la vereda.
Notaban que el sonido de esa alarma se extendía a varios vehículos situados
delante, detrás y enfrente.
Tuvieron que cerrar puertas y ventanas y poner el ventilador para tapar
los ruidos. Los que tenían también prendían el aire acondicionado.
Así pasaron la noche.
A la mañana siguiente todo seguía igual. Sólo que cada vez eran más
coches a los que este ruido iba contagiando. Manzanas enteras. Muchos dueños de
vehículos apagaron las alarmas y salieron. Pero al volver y estacionarlos se
volvían a encender. Buscaban apagarlas pero a los pocos minutos se prendían de
nuevo.
A la noche muchos también veían que esa onda llegaba a estacionamientos
o garages de casas y edificios. Buscaban frenarlas pero era en vano. Pasaban
pocos minutos y otra vez.
Para dormir ya no sabían que más hacer para tapar los ruidos
Al despertarse ahora descubrían que sonaban unas alarmas primero,
después estas paraban y se activaban otras que estaban en silencio, luego algunas
más. Como si se turnaban. Incluso parecían hacerlo a coro formando melodías.
Sumado a que cada vez eran más las manzanas donde los autos se
contagiaban con esos sonidos. Empezaba a afectar también a camiones, colectivos
o autos particulares que andaban por las calles. Estos se paraban y se
encendían las alarmas. Sus conductores buscaban desactivarlas para continuar su
trayecto pero les era imposible.
Se quedaban anonadados. No sabían lo que pasaba. Seguían probando
destrabarlas sin éxito alguno. Puteaban, golpeaban los vehículos, hablaban
entre ellos o llamaban a sus jefes, inspectores, amigos o familiares para
informarles de la situación.
También había algunos transeúntes que filmaban lo que ocurría y lo
subían a sus redes. Y unos pocos que se movían al ritmo que hacían las
alarmas.
A la noche el ruido de alarmas se expandió a todos los vehículos de la
ciudad. Cada vez eran más claros los ritmos que hacían. Sonando en grupo
algunas, en solitario otras, unas parabas otras se encendían, a veces todas juntas
en coro. Los habitantes de esa ciudad llegaban a distinguir ritmos de cumbias,
rock, chacareras o música electrónica.
Salieron a las calles y se pusieron a bailar.