sábado, 7 de marzo de 2026

Dudas

 Dudas 


Comenzaba marzo. Luciana tenía ganas de hacer un curso de tejido. Empezó a buscar en las redes. Anotó el número de los lugares que le quedaban más cerca de su casa. Podría ir después de las 17 cuando terminaba de trabajar en una cafetería ubicada en el centro. 
Una noche ya en la cama comenzó a ver una serie. No se pudo concentrar. Le abrumaban las dudas sobre si realmente quería ir a algún taller o dejarlo para otro momento. Sentía que todavía no estaba del todo decidida. Acabó por dormirse varias horas después. 
A excepción de los domingos Luciana se levantaba a las 7. Desayunaba café y tostadas con mermelada para luego salir a tomar el subte A que la llevaba a su trabajo.
Un sábado mientras revolvía carne picada en una sartén retomó con la idea. Aprendería cosas aparte de hacer algo diferente. Se prometió seguir buscando a partir del lunes siguiente. 
Sin embargo esa euforia le duró poco. Una semana después empezaba a replantearse si realmente quería tejer. Por un lado le gustaba. Pero por otra parte sentía que no se hallaba lo suficiente preparada. 
Luciana vivía sola en un departamento dos ambientes ubicado en Flores. Tenía un hermano menor al que sólo veía para los cumpleaños tanto de ambos como el de su madre. 
Trabajaba en la cafetería hace más de un año. Anteriormente se repartía el tiempo entre la facultad y la panadería que tenía Oscar, su padre. Quería ser psicóloga.
Pero llegó un día donde Oscar tuvo que cerrar la panadería porque se le hacía cada vez mas difícil afrontar los gastos al tiempo que bajaban las ventas. Luciana se vio obligada a buscar otro empleo y dejar la universidad. Al poco tiempo su padre terminó muriendo de un infarto.
Los pocos amigos que tenía los hizo en la facultad. Con ellos crearon un grupo de WhatsApp para juntarse a estudiar o reunirse a tomar algo de vez en cuando. 
Luego de dos semanas al salir del trabajo volvió a pensar con más profundidad el plan de comenzar algún taller. Lo había hablado con un compañero y este le aconsejó hacerlo. Se entusiasmaba imaginando hacerse sus propias prendas, incluso poder venderlas al tiempo que conocería más gente.
Cuando llegó a su casa volvió a buscar en la Tablet cursos de tejidos. Mandó WhatsApp a varios.  
No tuvo mucha suerte en el amor. Hace más de tres años rompió abruptamente con Gastón, su última pareja, al enterarse que la engañaba con otra. Fue una tarde que llegó antes de la facultad y los vio a los dos juntos besándose en un sillón del living. Le agarró un ataque. Empezó a gritar echando a ambos. Ahora estaba llegando a los cuarenta. Prefería seguir así. 
A su madre la visitaba una vez por semana, generalmente los domingos o feriados que era cuando mayor tiempo tenía.
A los pocos días Luciana dudaba de nuevo sobre seguir buscando cursos. Pensaba y le daba un poco de fiaca. Prefería esperar a que llegara la primavera con los días más largos y calurosos. 
Una vez le comento esa idea a dos amigas mientras comían pizza en un bar. Ellas, además de seguirle preguntando si algún día retomaría los estudios, le recomendaron hacerlo. Que no dejara perder la oportunidad. Argumentaban que por ahí después ya no podría por algún problema imprevisto que le surgiera o sería demasiado tarde. 
De nuevo en su casa Luciana lo pensó otra vez. Volvió a decirse que algo tenía que hacer ahora que había dejado de estudiar. No podía estar solamente yendo y viniendo de la cafetería a su casa y viceversa. Además podría crearse un sitio y vender tejidos por internet obteniendo un dinero extra. Sumado al caso de que si alguna vez perdería el empleo tendría otra salida.  
Ya en invierno empezó a cuestionarse si realmente valdría la pena comenzar algún curso. A lo mejor iría y no le gustaba o no era lo que quería. Notaba que no se hallaba lo suficiente preparada.  
Luego de varias semanas retomó con la idea. Una mañana en el subte. Veía que se le iba pasando el tiempo y no hacía nada. Se reprochaba. Si iba a un taller y no le gustaba lo dejaría y buscaría otro. 
Una vez que fue a visitar a su madre Luciana también se lo comentó. Esta le dijo que haga como mejor le parezca y se sienta cómoda. 
Un domingo mientras caminaba por Parque Centenario empezó de nuevo a dudar. Tenía miedo a comprometerse para ir todas las semanas y después arrepentirse, faltar y no poder cumplir. Que pensarían los demás compañeros del curso.
Para fines de octubre Luciana otra vez se decidió a ir. Aunque no buscó nada porque ya faltaba poco para que termine el año. Se enojaba con si misma por perder todo ese tiempo pensando y dudando. Se prometió empezar el año que viene. Aunque en el fondo no sabía si lo iría cumplir o volverían a aparecerle las mismas inseguridades que estos últimos meses.

sábado, 7 de febrero de 2026

Alarmas

 

Alarmas

 

A eso de las 19 empezó a sonar la alarma de un auto situado en el cordón de una vereda. Ésta no se apagaba. Por ahí pasaban minutos en que dejaba de sonar y después otra vez el ruido.

Esta situación empezaba a alterar a los vecinos de aquella cuadra. Tampoco veían a nadie subirse al vehículo para desconectarla.

Muchas personas iban llegando a esa vereda estacionando sus coches tanto detrás como adelante de ese vehículo. 

Mas tarde un ensordecedor ruido de alarmas estremeció aún mas a los habitantes de aquel sitio. Se asomaban a los balcones, salían a la vereda. Notaban que el sonido de esa alarma se extendía a varios vehículos situados delante, detrás y enfrente.

Tuvieron que cerrar puertas y ventanas y poner el ventilador para tapar los ruidos. Los que tenían también prendían el aire acondicionado. 

Así pasaron la noche.

A la mañana siguiente todo seguía igual. Sólo que cada vez eran más coches a los que este ruido iba contagiando. Manzanas enteras. Muchos dueños de vehículos apagaron las alarmas y salieron. Pero al volver y estacionarlos se volvían a encender. Buscaban apagarlas pero a los pocos minutos se prendían de nuevo. 

A la noche muchos también veían que esa onda llegaba a estacionamientos o garages de casas y edificios. Buscaban frenarlas pero era en vano. Pasaban pocos minutos y otra vez.

Para dormir ya no sabían que más hacer para tapar los ruidos

Al despertarse ahora descubrían que sonaban unas alarmas primero, después estas paraban y se activaban otras que estaban en silencio, luego algunas más. Como si se turnaban. Incluso parecían hacerlo a coro formando melodías.

Sumado a que cada vez eran más las manzanas donde los autos se contagiaban con esos sonidos. Empezaba a afectar también a camiones, colectivos o autos particulares que andaban por las calles. Estos se paraban y se encendían las alarmas. Sus conductores buscaban desactivarlas para continuar su trayecto pero les era imposible.

Se quedaban anonadados. No sabían lo que pasaba. Seguían probando destrabarlas sin éxito alguno. Puteaban, golpeaban los vehículos, hablaban entre ellos o llamaban a sus jefes, inspectores, amigos o familiares para informarles de la situación. 

También había algunos transeúntes que filmaban lo que ocurría y lo subían a sus redes. Y unos pocos que se movían al ritmo que hacían las alarmas. 

A la noche el ruido de alarmas se expandió a todos los vehículos de la ciudad. Cada vez eran más claros los ritmos que hacían. Sonando en grupo algunas, en solitario otras, unas parabas otras se encendían, a veces todas juntas en coro. Los habitantes de esa ciudad llegaban a distinguir ritmos de cumbias, rock, chacareras o música electrónica. 

Salieron a las calles y se pusieron a bailar.